Posteado por: karateDOminicano | 14 de octubre de 2014

Félix Puga, un gran maestro del karate y de la perseverancia

06 Felix Puga DEP DSEl maestro Félix Puga muestra en su casa de Miami la acreditación que recibió hace un par de semanas en Japón, cuando le fue otorgado el Séptimo Dan, el más alto en el estilo Joshinmon.

Félix Puga, un gran maestro del karate y de la perseverancia

A Félix Puga le encanta la historia del samurai que cada mañana besa a todos en su familia antes de salir de la casa, porque no sabe si va a regresar por la noche. Después de todo, él estuvo muy cerca de no retornar a los suyos un 4 de mayo del 2007, cuando un accidente en una autopista de Miami estuvo a punto de acabar con su vida.

Desde niño en Cuba, Puga siempre soñó con ser un samurai y cuando hace un par de semanas recibió en Japón el grado de Séptimo Dan, el más alto otorgado en el estilo Joshinmon Shorin Ryu, quisó repartir tantos besos como fuera posible a tantos y tantos que ha tocado con su vida.

“Alcanzar el Séptimo Dan no fue solo un premio para mí, que llevo 45 años en el mundo de las artes marciales, sino para todos los latinos, los cubanos y miles de personas que me formaron y que ayudé a formar”, dice Puga con voz entrecortada. “Fue la confirmación de que nada es imposible, que nada te puede detener si te lo propones”.

Puga, habría que aclararlo, vive confinado a una silla de ruedas que él conduce a su antojo, pues ese accidente al final de la autopista Dolphin le fracturó el cuello y le dejó sin movimiento, pero no sin el deseo de continuar con su profesión de maestro, o Shihan, de karate.

Ya no puede participar en combates ni efectuar esas demostraciones espectaculares de habilidades lanzando golpes y patadas que le hicieron sobresalir en el mundo entero, aunque cuando se menciona su nombre la palabra viene acompañada de una reverencia y un silencio respetuoso.

Desde su silla de ruedas, Puga sigue siendo moldeando cuerpos y mentes, una seña suya es respetada como si fuera ley, porque allí donde el cuerpo no puede, la mente corre libre y más fuerte que nunca, ya sea en cualquier dojo de Miami o en su propia casa, que se ha convertido en sitio de peregrinaje para los amantes del karate.

“Cuando sufrí el accidente tuve dos opciones delante de mí: podía echarme a llorar y deprimirme, o decidir echar esta batalla por mi futuro y enfrentar la vida con valor”, rememora Puga, quien nació en Pinar del Río antes de mudarse a La Habana. “Opté por la segunda. Si no enfrentas la vida con valor, entonces no vale la pena vivirla. Podemos vencer a un oponente cualquiera, pero la batalla interna, esa es la más difícil de ganar”.

Siempre fue así, desde los días de infancia en que comenzó a practicar Judo y se convirtió en cinta negra, hasta que quedó rendido a los pies del karate en sus años de estudiante universitario en La Habana.

De Cuba recuerda las peleas constantes y reales, los entrenamientos extenuantes mientras se graduaba de Primero, Segundo, Tercer y Cuarto Dan, y de Ingeniero Eléctrico, pero también su descontento con el sistema político cubano que le llevó a salir de la isla hacia Panamá en 1990.

Ante de eso tuvo varios intentos de fuga, incluido uno en Angola, adonde había sido enviado para trabajar en comunicaciones, y de donde se trajo una experiencia de vida o muerte al ser sorprendido en una emboscada real en la cual tuvo que apelar a lo mejor del karate para sobrevivir.

“Yo no vine a este país en busca de una vida mejor ni condiciones materiales, sino para estar en libertad”, afirma Puga. “Viví en Panamá los días de la invasión norteamericana contra Noriega y luego me convertí en portavoz de 3,500 cubanos varados en ese país. Luché con todas mis fuerzas hasta que logré las visas para todos”.

Una vez en Estados Unidos, Puga se dio a la tarea de reconstruir su camino y, de paso, desarrollar el estilo Joshinmon en Miami, y en poco tiempo su prestigio le convirtió en una de las figuras más respetadas a nivel mundial dentro de las Artes Marciales.

Su dojo, ubicado en el barrio conocido como The Roads, en Coral Gables, era punto de reunión obligada de quienes venían en busca de superación y sabiduría, y nada parecía perturbar la paz interior de Puga, que con solo 60 años ya había recibido su Sexto Dan en la legendaria isla de Okinawa y disfrutaba del éxito y reconocimiento de tanto trabajo.

Hasta el accidente…

Sólo recuerda que un auto –de un chico que hablaba por teléfono- trató de cortarle el paso, haciendo que se volcara en un giro brutal y que ante sus ojos, en una nube blanca, se le aparecieran su madre Felicia y José, su tío favorito, mientras él se encontraba extasiado en un ambiente sereno y luminoso, del cual no quería regresar.

“Con una sonrisa me dijeron: ‘Felito, no es tu momento, tienes que volver’ y a partir de eso sentí un zumbido y me desperté en el hospital Jackson rodeado de más de 100 personas”, comenta Puga. “Fue entonces que me dieron la noticia de que no podría volver a caminar”.

Pero él se negó entonces y todavía se niega a creer en su parálisis definitiva, y con un acopio enorme de esfuerzo emprendió el camino de la recuperación, al punto que ya puede mover las manos y continuar su magisterio indiscutido, al que acuden alumnos de los cuatro puntos cardinales.

“Todos quienes hemos aprendido de Shihen Puga nos sentimos privilegiados”, explica Michael Luzbet, un conocido manager de boxeo, que alcanzó el Cuarto Dan. “No bastaría una vida para mostrar las formas y los caminos que él recorre para convertirte en mejor ser humano. Su propia experiencia es el mejor ejemplo de que nada es imposible”.

Por eso, cuando el creador del estilo Joshinmon Shorin Ryu y el único Noveno Dan del mundo, el maestro Hoshu Ikeda, decidió otorgar tres Séptimos Dan, pensó primero que nadie en Puga.

Durante la ceremonia efectuada hace un par de semanas, Ikeda a duras penas pudo contener las lágrimas cuando presentó el diploma de Séptimo Dan –solo hay tres personas en el planeta con ese grado- al cubano, a quien llamó: “un verdadero tesoro del estilo Joshinmon, alguien que encarna el principio del estilo”.

Por ahora, Puga no piensa rebajar la velocidad de su existencia y entre clases escribe tres libros, mientras refuerza la creencia de que más temprano que tarde dejará los confines de su silla de ruedas y se sostendrá sobre sus piernas.

“Hace mucho tiempo que logré la paz interior y la armonía conmigo mismo, desde antes del accidente”, recalca el maestro. “No tengo pesadillas. Hasta en sueños venzo los obstáculos, no tengo odios, sigo estudiando, aprendiendo. Y estoy seguro de que voy a caminar de nuevo, aunque sea para ir a la tumba“.

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